Nuestro Colegio Carisma Ignaciano

EL ALUMNO QUE PRETENDEMOS FORMAR

Pedro Arrupe, S.J.
Alocución en la Clausura del Simposio sobre Educación en Centros de 2ª Enseñanza. Roma, 13 de septiembre de 1980.


Es el "hombre y la mujer para los demás", del que tantas veces me habéis oído hablar. Pero aquí, y especialmente para nuestros alumnos cristianos, quiero redefinirlo bajo un nuevo aspecto. Han de ser hombres y mujeres movidos por la auténtica caridad evangélica, reina de las virtudes. Hemos hablado tanto de fe / justicia. Pero es de la caridad de donde reciben su fuerza la propia fe y el anhelo de justicia. La justicia no logra su plenitud interior sino en la caridad. El amor cristiano implica y radicaliza las exigencias de la justicia al darle una motivación y una fuerza interior nueva. Con frecuencia se olvida esta idea elemental: que la fe debe estar informada por la caridad y que la fe se muestra en las obras nacidas de la caridad; y que la justicia sin caridad no es evangélica. Es un punto en que hay que insistir y cuya iluminación y asimilación es indispensable para entender rectamente nuestra opción fundamental y aprovechamos de su inmensa potencialidad. Puede haber un santo respeto y una santa tolerancia que atempera nuestra impaciencia de justicia y de servicio a la fe. Especialmente en países no cristianos, habrá que acomodarse a las posibilidades en la penetración de valores cristianos que al mismo tiempo son humanos y reconocidos como tales.

Trasformados por el mensaje de Cristo, cuya muerte y resurrección ellos deben testimoniar con su propia vida que sea por sí misma proclamación de la caridad de Cristo, de la fe que nace de él y a él lleva, y de la justicia que él proclamó. Hemos de esforzarnos con ahínco por poner de relieve esos valores de nuestra herencia ignaciana que podemos trasmitir también a los que no comparten aún nuestra fe en Cristo traduciéndolos en valores éticos y humanos de rectitud moral y solidaridad que también proceden de Dios. La pregunta crucial es esta: ¿qué repercusiones pedagógicas tiene el que pongamos como finalidad de nuestra educación el crear hombres y mujeres nuevos, hombres  y mujeres de servicio? Porque ese es, en realidad, el fin de la educación que impartimos. Un enfoque diverso, al menos en cuanto da prioridad a valores humanos de servicio y antiegoísmo. Esto tiene que influir en nuestros métodos pedagógicos, en los contenidos formativos, en las actividades paraescolares. Ese deseo de testimonio cristiano y de servicio a los herma-nos no se desarrolla con la emulación académica y la superioridad de cualidades personales respecto a los demás, sino con el aprendizaje de la disponibilidad y la servicialidad. Nuestro método educativo tiene que estar pensado en función de estos objetivos: formar el hombre y la mujer evangélico/a  que ve en cada uno de los hombres un hermano. La fraternidad universal será la base de su vida personal, familiar y social.

Los estudiantes de nuestros colegios, en el que día tras día vamos imprimiendo nuestra marca y dándole forma mientras es aún más o menos receptivo, no es un producto "acabado" que lanzamos a la vida. Se trata de un ser vivo en constante crecimiento. Querámoslo o no, seguirá toda su vida estando sometido al juego de las fuerzas con las que él influye en el mundo y con las que el mundo influye sobre él. De la resultante de ese juego de fuerzas dependerá el que mantenga su vivencia evangélica personal y de servicio, o viva en una neutral atonía, o sea absorbido por la indiferencia y la increencia. Por eso, más, quizá, que la formación que te damos, vale la capacidad y el ansia de seguirse formando que sepamos infundirle. Aprender es importante, pero mucho más importante es aprender a aprender y desear seguir aprendiendo. Se trata precisamente de que nuestra educación, en el plano psicológico, tenga en cuenta ese futuro. Que sea una educación en función del ulterior crecimiento personal, una educación abierta, de iniciación de vectores que sigan siendo operativos el resto de su vida en una formación continua. Esta formación, por tanto, tiene que tener también en cuenta el tipo de civilización que vivimos y que ellos están llamados a vivir el resto de su vida: la civilización de la imagen, de la visualización, de la transmisión de información. La revolución que la imprenta supuso en los albores del renacimiento es un juego de niños comparada con la revolución de las modernas tecnologías. Nuestra educación tiene que tenerlas en cuenta, para servirse de ellas, y para hacérselas connaturales a nuestros alumnos y alumnas.

No sé si es pedir demasiado, después de todo lo anterior. Y, sin embargo, es un ideal irrenunciable: todos los valores anteriormente citados —académicos, evangélicos, de servicio, de apertura, de sensibilidad ante el presente y el futuro— no pierden nada, antes se potencian mutuamente, cuando se combinan equilibradamente. No es el ideal de nuestros colegios producir esos pequeños monstruos académicos, deshumanizados e introvertidos. Ni el devoto creyente alérgico al mundo en que vive e incapaz de vibración. Nuestro ideal está más cerca del insuperado modelo de hombre griego, en su versión cristiana, equilibrado, sereno y constante, abierto a cuanto es humano. La tecnología amenaza con deshumanizar al hombre. Es misión de nuestros centros educativos mantener a salvo su humanismo, sin renunciar por ello a servirse de la tecnología.

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